“Queridos familiares y amigos, muy buenas noches.
Había pensado en titular esta charla como “Reflexiones de un sexagenario”, pero luego he cambiado el nombre, movido por dos razones.

La palabra “sexagenario” viene de sexo y no sólo que tiene connotaciones explícitamente sexuales, inadecuadas para menores en este horario de protección, sino que además, rima con “dromedario”, “dinosaurio”, “legionario” y hasta con “diccionario”, todo lo cual, huele a viejo. Me pareció entonces oportuno, aludir al espíritu de los años sesenta o, si ustedes lo prefieren, - y ya que el orden de los factores no altera el producto- al espíritu de los sesenta años, que viene a ser más o menos lo mismo.
¿Por qué la comparación?. Pues, porque en los gloriosos años sesenta –los años de Vietnam, los años de mi paisano “el che” proyectando su sombra gigantesca sobre el continente, los de Los Beatles, el pelo largo, el amor libre, el movimiento hippie y la revuelta colosal de París- en esos años, digo, yo tenía 20 o 25 y por lo tanto, fui imbuido por el espíritu de la época.
• Modelo de las invitaciones que circularon para los afortunados asistentes a la charla
Cuando se es joven, se tiene más cuerpo que espíritu. Las fuerzas físicas están en su apogeo, los instintos a flor de piel, pero eso que ahora llaman “inteligencia emocional”, apenas si está rompiendo la cáscara. Y no hay apuro, porque se tiene mucho tiempo por delante para desarrollarla.
Entonces, uno vive su vida más marcado por el ritmo del entorno que por mandatos interiores. Es permeable y se deja influir por el ambiente. O dicho en otras palabras, “baila al son que le tocan”, aunque sea el martilleo monótono del “regeetton”.
Cosa curiosa; nosotros –los muchachos de ese tiempo- no nos dejamos influir demasiado por lo que nos llegaba de afuera. Éramos izquierdistas, sí, y nos gustaban las canciones de los melenudos de Liverpool, aunque no las entendiéramos, pero preferíamos el folklore latinoamericano, andábamos al rescate del tango, tomábamos mate en cantidades industriales y nunca fuimos demasiado hippies, de los cuales, lo único que envidiábamos era su liberalidad sexual y su capacidad para moverse de un lado a otro.
Vinieron los años setenta y todo cambió. El idealismo militante tomó las armas y la respuesta fue una sucesión de sangrientas dictaduras que acabaron con los sueños de toda una generación. Decenas de miles de jóvenes pagaron un durísimo tributo, entre ellos varios de mis amigos e incluso un hermano mayor, cuyo nombre integra las largas listas de los que se perdieron en la bruma de la represión.
Una noche interminable, me tocó viajar hacia las sombras, a bordo de un camión militar y con una pistola apuntándome a la cabeza. Desde entonces, y pese a las protestas de María Rosa Picaroni, quien fue testigo inicial del hecho y más tarde tuvo la paciencia de acompañarme durante veinte años, me considero una especie de sobreviviente.
“Yo vivo un tiempo suplementario”, le dije un par de veces y hasta ahora no sé por qué, ella se enojaba con esta conclusión.
Mi partido estuvo a punto de terminar a los 30 años de edad. Pero el árbitro pitó tiempo de descuento y se inició una nueva etapa, signada por una mayor madurez.
• Entre amigos. De izquierda a derecha constan: Mario Serna, José Luis Laca, Ricardo de la Fuente. Abajo: Julián Martínez y Libertad Regalado.

Emigramos a Ecuador y aquí, bajo este cielo hospitalario, metimos varios goles: cuatro, para ser más exactos, mas uno que pegó en el poste.
Todos ustedes saben que trabajé en el periodismo hasta que la profesión pudo mantenerme honradamente. Por añadidura vino la docencia en la Universidad y más tarde, cuando nada hacía preverlo, los libros, que suman tres títulos, mas otros dos que están en el horno.
El apellido de la Fuente, traído de España por mi abuelo inmigrante, echó raíces en la pampa argentina y a mí me ha correspondido trasplantarlo a tierra manabita, donde sin duda dará frutos y se multiplicará a breve plazo.
Presiento un tiempo de cosecha que no se siente en el bolsillo, sino en lo profundo del alma. Tengo hijos, una nietecita, tengo amigos valiosos, hay logros personales que me llenan de felicidad. En estos días se inaugura nuestra casa propia, que constituye un patrimonio familiar, aunque siempre he creído que la mejor herencia no es un trozo de tierra, una casa o un auto último modelo, sino un buen nombre y una mejor educación.

Gozo de buena salud y esto no es una simple declaración, porque como dicen los políticos, “yo hablo con documentos”. De manera que permítanme estas íntimas confidencias: glucosa, 60 miligramos (lo normal es entre 70 y 110); colesterol: 150 miligramos (menos que los 200 del promedio); triglicéridos: 99 (cuando un valor usual es 160) y ácido úrico, que también tengo, 4.9 miligramos, sobre un promedio de 3.5 a 7.0.
Tampoco tengo sida, pie plano, gastritis o insomnio. Se me cae el pelo a un ritmo de bolero, pero compensa con el que me crece por la nuca. Los médicos aún no me han prohibido nada, probablemente porque me cuido de visitarlos.
Les he invitado para festejar algo más que un mero cumpleaños. Quiero celebrar con ustedes lo que he podido reunir: familia, amigos, respetabilidad, cuatro cuartos libres (en mi casa) y un cuarto libro, casi treinta años de vivir en el Ecuador, veinte de vivir en Manta, otros tantos de ser profesor universitario… en fin: hay motivos para esta fiesta.
Todo eso es el espíritu de los sesenta años. La inefable Mafalda –otro icono de los 60´s – dijo alguna vez que “hay que agregarle vida a los años, y no años a la vida”. Yo creo que eso es una gran verdad y procuro hacerlo cada vez más intensamente.
Mi madre, que fue una insigne maestra, solía declamar unos versos de Amado Nervo:
Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel, o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.
…Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡más tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin dudas largas las noches de mis penas;
Mas no me prometiste sólo noches buenas;
Y en cambio, tuve algunas santamente serenas.
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
Vida… ¡nada me debes!. Vida… ¡estamos en paz!
Hago míos estos versos, aunque no sin aclarar que yo no estoy “muy cerca” de mi ocaso, aunque sí “más cerca”. ¡De eso no cabe ninguna duda!.
Sin embargo, espero reunirlos nuevamente dentro de una década, si es que antes, no les brindo un inesperado menú de trasnoche, que probablemente consistirá en un buen café con roscas.
Y como dicen que “detrás de un gran hombre siempre hay un buen amigo y un mejor cocinero”, les invito a un sibarítico banquete y a disfrutar de la noche.

ENTREMESES:
- CROSTONES CON PATÉ DE TERNERA A LA PIMIENTA ROSA Y TOSTADAS CON QUESO RICOTTA Y TOMATES CONFITADOS.
ENTRADA:
- CEVICHITO DE CORVINA
- CAUSA DE PULPO AL OLIVO
- AGUACATE MARINADO CON VINAGRETA DE MORAS Y FRAMBUESA
PLATO DE FONDO:
- LENGUA Y RESTOS DE ASADO DE LOMO A DOS VINAGRETAS
- MORCILLA ARGENTINA SOBRE NIDO DE PIMIENTOS MORRONES AL HORNO CON PAPAS NUEVAS AL PEREJIL
POSTRE:
- MALAI INDIO DE MANGO CON UVAS SULTANAS
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